Dejo que escurra por mi rostro, ávido de húmedad.
Dejo que penetre por mis poros sedientos y vacíos.
Ahora no me rodea ningún color,
sólo frío,
incoloro, traslúcido,
impalpable.
Cierro los ojos y aunque miles de imágenes de agolpan en mi cabeza
intentando domar los pensamientos,
la sensación en mi entrepierna rompe esas
imágenes. El cosquilleo se expande y por unos segundos la respiración se
detiene.
Sólo estoy yo. Yo estoy sola.
Aunque suene a rola de Los Rodríguez, no encontré
título más adecuado para una historia por muchos conocida. Al tercer día de
haber llegado a Barcelona, como siempre nos fuimos a tomar el consabido baño de
sol sobre la gruesa arena de Barceloneta. Me moría de sueño, ya que nos
habíamos desvelado el día anterior yendo a casa de un sueco y un argentino que
habíamos conocido en la misma playa, así que me dormí unas horas junto a nuestro
campamento (chelas, agua, pan, carnes frías, nuestras bolsas, la mochila de la
Moni, un paraguas, nuestra ropa). Mis amigas se fueron a caminar o no sé a
donde, porque cuando desperté no estaban cerca. Alrededor de nuestro camping un
montón de tíos y tías de diversas nacionalidades y un chorro de marroquíes
gritando: ¡¡Agua-cerveza-beer!!, con un tonito bien imitable y bien chistoso. Me
limpié la baba al despertar, jaja, y me senté a mirar las pequeñas olas de aquel
frío Mar Mediterráneo. Las ñoñas de mis amigas venían riéndose y acercándose a
mi. No me pelaban, así que les sugerí comer una baguette. Sacamos los
instrumentos e ingredientes para las mismas y el migajón restante lo brindamos a
la parvada de palomas aglomeradas en nuestro perímetro. A la media hora de
haber comido, llegó un marroquí diciéndonos que los chavos de "allá" nos
invitaban un trago. Al voltear vimos a dos güeros con gafas levantando cada uno
una lata de cerveza. Accedimos, ¿por qué no?, y yo tomé una coca light, pues era
un antojo que ya tenía días de no poderme satisfacer, y mis amigas unas
botellitas de agua. Ja, los chavos no creían que hubieran pedido agua, y a
los minutos Mónica los invitó a acercarse (Han de ser gringos, por espléndidos,
decía.). Se sentaron al lado nuestro, riéndose, mostrando su piel blanca
enrojecida por la acción del sol. Uno de ellos era bastante rubio, de nombre
Geoff y el otro, con el cabello rubio cenizo y los ojos verdes, Anthony. Ja,
eran canadienses. Comenzamos a hablar con ellos y ni modo, en inglés
porque no hablaban nadita de español. Nos empezaron a mostrar su fotos, a
tomarse fotos con nosotras, a invitarnos cervezas pero les sugerimos vino tinto.
Corriendo fueron a comprar dos botellas heladas y vasos. Brindamos por
Barcelona, por España, escuchamos a Coldplay, a The Mars Volta, a Outkast, etc.
Nos metimos a nadar como a las 10 de la noche, compraron otras dos botellas y
cierta embriaguez nos envolvió. Fue tan divertido, tan inolvidable, que cuando
nos quisimos ir de ahí, la bolsa de Nallely no estaba. Como pudimos empezamos a
buscar sobre la arena, le pedimos a la policía ayuda, buscamos en los
botes de basura, con linternas, preguntamos pero nunca apareció. Obvio
dentro de la bolsa estaba el pasaporte, varo, cosméticos, y las tarjetas de
crédito. Claro, el episodio se tornó inolvidable por todas
partes.
Al siguiente día levantamos la denuncia del
robo en la Comisaría y hasta el segundo día del incidente pudimos ir al
Consulado Mexicano, pero claro, nuestras autoridades no avisaron el cambio
de domicilio y cuando llegamos a la supuesta dirección, ya tenían dos años de
haberlo cambiado de ubicación. El pasaporte acabamos sacándolo en
la Embajada de México en Madrid. Lo vuelvo a decir, un gran momento
inolvidable.
He vuelto, sin
terceros molares, pero ya estoy nuevamente aquí.
Persiguiendo una nueva meta que ya he delimitado: mi
tesis.
Estoy contenta,
satisfecha, plena, pues el european trip que hice me cargó de
una nueva energía
que fluye por mi cuerpo, haciendo que redescubra nuevos sentidos
que darle a mi
vida.
Desde que volví también veo a la gente que quiero contagiada de
una
vibra por hacer cosas nuevas o simplemente dejándose llevar por los
sueños que
han entretejido en esas noches de desvelo y que en ese instante son
tan tangibles,
pero que, si dejas que la mañana aliene, se
tornan simplemente en una
quimera.
Termino, añadiendo que el tarot
tenía razón.
Necesitaba un respiro, estar sola, meditar y solamente escuchar
lo que el
viento dice suavemente en una tarde frente a la
ventana.
a Joak
Cuando miramos al cielo, nos dimos cuenta de que a las doce de la
noche brillaba una blanca luna llena (¿o nueva? Aún no se diferenciarla) y unas
nubes blancas y tersas, sobre el azul noche del 19-20 de agosto. Miré tus
brillantes ojos negros y me diste un abrazo. Lo que pensé es que ese será el
último abrazo de esta noche, de este mes, de ésta, nuestra despedida
personal.
Siempre, he de confesarte que, de lo que me puedo arrepentir, es de que, lo
que pasó esa vez saliendo del Bull, no llegará a convertirse en lo que deseo
ahora, pues conjugas todos los elementos buscados. Y de nuevo, al volvernos a
separar, ahora, por cuestión de días, solamente, pienso y repienso las miles de
ramas que pudieron nacer de un árbol que comenzaba a gestarse y que en cuestión
de decisiones creció tal y como ahora lo cultivamos.

Cuando pudo haber despertado, prefirió dormir, cuando por fin despertó, ya era demasiado tarde. El sol estaba muy arriba. Las nubes blancas en su totalidad, brillaban cual algodón en el cielo. Abrió lentamente los ojos y se dio cuenta de que seguía tirada a la mitad de la pradera. A lo lejos se podían mirar aquellas pirámides grisáceas que casi tocaban el azul celeste de esa mañana de verano. Sentía como la camiseta se le pegaba al cuerpo, pues el calor húmedo la sofocaba completamente. Escuchaba como zumbaba uno que otro insecto alrededor de ella y en el pie izquierdo una roncha, inflamada y rojiza comenzaba a darle comezón. Se amarró el cabello, se colocó la mochila a la espalda y se encaminó a la construcción más cercana. Al llegar al pie de la pirámide y caer en la cuenta de que eran muchos y pequeños escalones, sacó una naranja de la bolsa amarrada a un extremo de la mochila. Comenzó a quitarle la cáscara y comerse uno a uno los gajos. Respiró hondo después de haber terminado su frugal desayuno y comenzó a subir.

Mira por entre las nubes.
Observa los
rayos del sol
y siente como el
agua tibia es absorbida por cada uno de
tus poros.
Saborea la sal que se
pega a tus labios
y cierra los ojos
para que también veas la luz por dentro
de tus párpados.
Respira al mar
que él te lame.
Pisa los gruesos granos
de arena que se mueven por la
acción de las olas.
Escucha la espuma
efervecer después de llegar a la
orilla.
Siéntete oceáno, que húmedo,
él
está dentro de ti.
Ahora, durante un mes, te miraré
y miraré esas pestañas tan oscuras que rodean tus
ojos,
y desearé besar esos labios
y esa barba recién crecida,
y esa piel, y esas manos.
Y todo lo tendré que desear
simplemente,
pues alcanzarlo sería apuñalar mi
ética,
aunque sabe tan bien tener lo
prohibido
y no poder estallar del todo por la
incertidumbre, el miedo y el caos
que hacen tan deliciosos los
momentos.